Recordando a Platero

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  enía, a veces, flaco y anhelante, a la casa del huerto. El pobre andaba siempre huido, acostumbrado a los gritos y a las pedradas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se iba otra vez, en el sol de mediodía, lento y triste, monte abajo. 
            Aquella tarde, llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El mísero, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo una acacia.
            Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana, temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda, arrepentido quizás, daba largas razones no sabía a quién, indignándose sin poder, queriendo acallar su remordimiento. Un velo parecía enlutecer el sol, un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado.
 

          Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban, más reciamente cada vez hacia la tormenta, en el hondo silencio aplastante que la siesta tendía por el campo aún de oro, sobre el perro muerto.

EL PERRO SARNOSO
Juan Ramón Jiménez (1914)

Este año, de 2014, se cumplen cien años desde que nuestro querido poeta escribiera “Platero y yo” y entre su precioso contenido, este bello y estremecedor relato de un hecho, cotidiano a principio del siglo pasado, pero que desafortunadamente ha transcendido el tiempo en que se escribió y podría ser la narración de un acontecimiento de nuestros días.

Ha pasado un siglo y muchas mentes de nuestro país siguen ancladas en aquella España profunda. Y no necesariamente estoy hablando de la gente más humilde ni de cierta herencia atávica rural en el trato hacia los animales, sino también del arraigo en todos los estratos de la población del concepto de que todo lo que no sirve o incomoda se puede desechar; y de su calado en las instituciones que nos representan, que se parapetan hipócritamente en el bien común para justificar sus  limitaciones a la hora de afrontar una defensa efectiva de los derechos de los animales y de sus familias humanas.

Quizá no se puedan usar tan impunemente las escopetas contra los perros “sarnosos” de ahora, pero se siguen usando métodos igual de crueles, y a veces, muy retorcidos para eludir la responsabilidad civil o penal, o muy sutiles e impolutos, amparados en la legalidad -o en la falta de legislación-, para eliminarlos de nuestra vista o eludir el problema de su existencia, ya sea aludiendo a la falta de recursos o dictando una orden judicial.

Nuestros perros “sarnosos” de hoy, que podrían ser todos los que son abandonados, maltratados o asesinados en nuestros campos, carreteras y ciudades, son victimas del desprecio y de la indiferencia, armas tan eficaces y con un alcance mayor que aquellas piedras o escopetas.

Sin embargo, y a pesar de todo, la sensibilidad que demuestra Juan Ramón al inmortalizar, lo que ya califica como asesinato, transmitiéndonos toda la compasión que él siente por aquel pobre animal, nos alienta al pensar que es la misma que cada vez sentimos más personas. Gracias Juan Ramón, por legarnos tus hermosas palabras y ojala que, dentro de no muchos años, podamos celebrarlas como el testimonio de algo que fue pero que ya no será nunca más.


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