Te sueño la última, Lola

Ayer nos dieron la noticia. Lola, nuestra dulce podenquita ha dejado de sufrir.

Como muchos seguidores nuestros ya sabíais, Lola fue atacada en su caseta del refugio hacía unos días atrás y en Facebook pudisteis comprobar el estado en el que quedó como consecuencia de la agresión. Al final de unos días críticos en los que ha luchado por vivir, y en los que Loli ha estado con ella en esa lucha, se la ha dejado marchar.

Lola no será la última, ni tampoco es la primera. Antes que ella sufrieron su suerte Alfa, Morena, Pati, Dylan, Vainilla, Chano, Kiko, Lucho, Linda ó Nerón, por recordar algunos en estos últimos años.

Pero tú, ¿que nos dejas, Lola? Además de tu sonrisa cuando te recogimos de la carretera y de tu alegría al adoptarnos como amigos, además de la impotencia renovada, de la esperanza rota. ¿Dejamos que seas una más y ya está? A mí, como a mis compañeros voluntarios, nos gustaría que el tránsito de Lola ayudara a entender lo que significa vivir en un refugio, ¿o debería decir sobrevivir?

Si, ya se –o así lo quiero creer- que es la menos mala de las alternativas para estos animales que han sido abandonados y maltratados y que tanto dependen de nosotros los “humanos”, pero que fácil es idealizar ese espacio que no se visita nunca, que se aprecia detrás de la pantalla de un ordenador, desde donde las imágenes de unos seres agradecidos nos saludan con la mejor de sus sonrisas porque unos cuantos voluntarios les ofrecen esta ventana al mundo. Para muchos de ellos puede ser el peor de los infiernos.

Además de la privación de libertad tienen que soportar el calor extremo en verano y el frío nocturno del invierno, la monotonía de un día igual que el siguiente; con frecuencia la lucha por la comida o el espacio, el miedo y la ansiedad y a veces el acoso constante de sus compañeros de caseta. Aunque nos empeñamos con nuestro trabajo en que la palabra “refugio” cobre su significado lo cierto es que para muchos se parece más a una cárcel o a un campo de concentración.

Algunos tienen la suerte de tener una estancia corta y con un final feliz, otros pueden tardar meses o años en ser adoptados y otros no se adoptarán nunca, convirtiéndose su estancia allí en su única vivencia si entraron siendo cachorros. Además de tener que adaptarse a este ambiente, lo que es especialmente duro para los que han vivido en un hogar querido, tienen que hacerse un lugar entre sus congéneres y muchos sobrevivir a enfermedades o agresiones físicas. Con la ayuda de nuestros voluntarios, la mayoría lo consiguen, pero otros no...

A pesar de todo ellos lo aceptan y lo consideran su hogar. Y a pesar de que nosotros sabemos que NO es un lugar para que viva un perro, lo aceptamos e intentamos considerarlo como una vía hacia su verdadero hogar.

Sin embargo no podemos evitar cuestionarnos lo que hacemos. Cuando un perro encuentra la muerte en nuestro refugio siempre surgen las mismas preguntas ¿cuál hubiera sido su destino si no lo hubiéramos recogido? ¿hubiera tenido una vida quizá más corta pero más feliz? ¿qué estamos haciendo mal? ¿lo podríamos haber evitado?

Y al final siempre encontramos un motivo para seguir adelante, casi diría que 180 motivos. 180 caras que van cambiando pero que nunca son menos y que te piden que no los abandones.

Llevar un refugio es duro, y los que ayudamos a mantenerlo sabemos que no es la solución ideal, pero las familias de acogida son tan pocas y el abandono es tanto que aún hoy no podemos renunciar a él.

Es verdad que necesitamos cambiar muchas cosas para impedir que haya otras Lola. Pero hay tan pocos recursos y tan poca ayuda que en un horizonte cercano no somos capaces de visualizar el cambio. Necesitamos el apoyo de más gente y, por que no decirlo, necesitamos mucho más dinero. Mientras tanto, seguiremos auto-convenciéndonos que el sacrificio de Lola es el precio que pagamos por no poder rechazar la entrada de nuevos animales.

Pero creo que la mayor enseñanza de Lola o de cualquier otro peludo que no ha sobrevivido al refugio, debe ser para las personas que creen que este es el lugar para lavar sus conciencias cuando nos piden que quieren dejarnos un perro. Que la imagen maltrecha de Lola esté siempre presente para buscar otras soluciones al abandono, cuando ya no se quiere asumir el compromiso de lealtad con nuestro animal, o alternativas al traspaso a terceros de la responsabilidad personal, cuando se recoge un perro en la calle.

Todos teníamos la esperanza de que Lola se salvara y ahora nos queda apretar los dientes de rabia e impotencia y tirar para adelante como sea, con el propósito de que Lola sea la última. Ese sueño tengo.

Sebastián López

Este artículo recoge la opinión particular de su autor y no tiene porque representar la opinión de la Asociación de El Buen Amigo.


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