Por un perro llamado Excalibur

Escribo esto después de dos días de saber que Excalibur ya no está, que no pudo ser salvado, y sabiendo que ahora mismo Teresa está luchando por su vida y Javier sufre la doble angustia de no poder estar con ella y de haber conocido, impotente, que han sacrificado a su querido perro. Y sufro por los tres.

También, después de haber leído mucho de lo que se ha escrito en prensa o internet y oído lo que se ha comentado en radio y televisión sobre el caso de la infección por Ébola de Teresa y lo que está significando a nivel humano, social, político y, como no, sanitario.

Como se podrá suponer por los medios donde esto se ha publicado, soy animalista y debo decir que también firmé la petición para salvar a Excalibur. Y aún después de haberse escrito tanto estos días sobre si se actuó correctamente y sobre si la reacción de una parte de la población ha sido desmedida anteponiendo el interés por un animal al de las personas –consabido y vacuo discurso que siempre surge ante la reivindicación de protección animal-  todavía quiero decir unas palabras por ellos, a modo de homenaje por Excalibur y de apoyo a su familia.

No voy a opinar sobre los detalles que están rodeando esta crisis, pero era de esperar que algo tan serio y preocupante como un brote de Ébola en un país europeo tuviera todos los ingredientes para que la crítica y la polémica surgiera entre la población y los estamentos públicos. Eso no nos debe sorprender. Ya se ha repetido demasiadas veces en el pasado y no sin justificación.

¿Qué es lo que es inusual y llama la atención en este caso? La presencia de un simple e inocente animal. Un perro llamado Excalibur, del que nadie hubiéramos sabido de su existencia si otro animal, en este caso de la especie humana, llamado Javier Limón, no hubiera conseguido conectar con miles de personas que como él, desde su aislamiento, han sentido la empatía y compasión ante el inminente destino que le esperaba tras la decisión de las autoridades sanitarias.

Pero ¿entendemos bien de lo que estamos hablando cuando nos referimos a la movilización ciudadana por Excalibur? Seguramente la mayoría pensará que se estaba intentando salvar a un perro, tan valioso como una persona para la mayoría de los que acudieron en su ayuda, o tan prescindible como un objeto para los que sienten el prejuicio de especie a la hora de compararnos con otros animales. Pero eso me da igual ahora, porque yo no estoy pensando en Excalibur y en su sufrimiento de forma aislada.

Siento que lo que se intentaba defender, aunque muchos no fueran conscientes de ello, era un vínculo. El vínculo estrecho de dependencia entre Excalibur y su familia humana, forjado por los sentimientos y emociones propios de cada especie y que en el caso de Teresa y Javier, sentimos como propios todos los que tenemos con nosotros animales y especialmente si hemos sufrido su pérdida.

Al principio me referí a Excalibur como el querido perro de Javier y Teresa y no tengo dudas al respecto de este cariño cuando miro sus fotos: Ese doble edredón sobre su colchoneta para que estuviera blandito, su juguete para morder al lado, la connivencia a la hora de compartir el sofá cuando se está a gusto en casa, o el abrazo orgulloso de Javier en su salidas al campo. Y por la preocupación de este último de que no le faltará de nada en su ausencia, el agua, su pienso y un sitio donde hacer sus necesidades, en medio de la angustia del ingreso de su mujer enferma. Él era responsable de su pequeño mestizo y así lo demostró.

¿Cuantos nos hemos puesto en el lugar de Javier y Teresa? ¿Creen las personas que se han llevado las manos a la cabeza por nuestra reacción que no estábamos sufriendo con ellos? Creo que al defender a Excalibur estábamos también luchando por ellos. ¿Era necesario añadir ese dolor al sufrimiento de una pareja que ha tenido que separarse cuando seguramente más se necesitan?.

Por eso, la reivindicación y la lucha no estaban en ese momento por la salud de Teresa y Javier porque lo que lo que se podía hacer por ellos ya se estaba haciendo. No hacía falta ir a la puerta del hospital a protestar para que atendieran a Teresa, la urgencia estaba en otro punto, estaba en su casa, porque allí si se iba a cometer una injusticia. Javier, un animal-persona como yo, nos pidió ayuda para salvar a su perro y se la dimos aunque no sirviera de nada ante el desinterés por parte de los responsables políticos y técnicos por buscar soluciones alternativas, que las había.

Por supuesto que estaría a favor del sacrificio en primera estancia si existieran  pruebas o indicios fehacientes de su papel como vector del virus, porque lo que cuenta es la salud de la población, pero tengo mis dudas de si al menos se habrán planteado la posibilidad de estudiarlo, “al fin y al cabo se trata de un animal ¿no?”.

Me resulta dolorosa la falta de respeto con que se trata al vínculo hombre-animal y lo fácil que resulta adoptar decisiones expeditivas cuando se trata de este último. ¡Lo fácil que resulta recurrir a la superioridad de nuestra especie como justificación a todos nuestros actos! Al final, Excalibur quedará como el daño colateral resultante de la prisa de nuestras autoridades sanitarias por despejar una variable de la ecuación, molesta para la solución del problema, de la forma más fácil: eliminándola.

Por supuesto que Excalibur se merecía una oportunidad por el valor de su propia vida, pero también por Teresa y Javier que, cuando, ojala, salgan de su pesadilla, sentirán la necesidad de tenerlo a su lado.

Ahora Excalibur ya no está y sólo ha quedado el eco del clamor que produjo su defensa y la estupefacción de los que lo han vivido desde fuera y no lo entienden. Por eso quiero que ese rumor, salpicado de indignación y pena, no se apague y cada vez sea más fuerte y que algún día nadie se sorprenda cuando se vuelva a alzar para defender la vida.

Ahora Excalibur ya no está y espero de todo corazón que Teresa y Javier encuentren pronto su consuelo juntos.

Dedicado a Teresa Romero y Javier Limón


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